María Estévez sabía perfectamente que no tardaría mucho tiempo en ser atrapada por el inspector Sir Adrian Reader aunque también tenía claro que iba a vender muy caro su pellejo, como el inspector sabía que antes o después se iba a cobrar la vida de su pieza más codiciada, la más grande delincuente de la historia de la literatura, aunque nunca había tenido la oportunidad de verle la cara. Sí la primera aceleraba el paso el inspector lo hacía al mismo ritmo, si la proscrita se escondía tras una sombra el segundo olía su silueta… Nunca dos polos opuestos habían estado tan unidos. Pero todos sabemos que el hampa va un paso por delante de la ley y a la presa no se le ocurrió otra cosa que esconderse en una librería, último reducto donde creía que la iban a buscar: sin salida de emergencia ni probadores ni falsos techos… Al ojear el inspector a diestro y siniestro y no husmear la sangre de la Estévez intuyó perfectamente que, entre todas las tiendas de la calle, tan sólo se podría haber colado... en una librería. La cosa iba a ser más fácil de lo que él pensaba.
Entró el poli en la oscuridad de local y se iluminó quemando el último ejemplar de Besos de zombie, de un tal Caramazana y, salvo la colección de Ruidos y Silencios de J.Pintor, que se encontraba en una cestita con cuentos infantiles para niños bizarros, todo le pareció en perfecto orden.
- Deja de jugar al gato y al
ratón Estévez, que no tenemos edad, y entrégate- le gritó el perseguidor mientras iluminaba estanterías superiores y suelos de lo que en otro tiempo había sido una casa de putas para la tercera edad.
- ¿No pretenderás
matarme sin pelear?- Sonó la voz aflautada de la mujer por todos los rincones, de entre todos los ejemplares, bajo todos los albaranes y recibos.
- Quiero que devuelvas
todos los libros que has leído sin pagar y todas las fotocopias piratas que has hecho. Pero sí, después pienso matarte con un ejemplar de Mil maneras de suicidarse de Ernesto Lourido, libro de autoayuda.
¿Cómo alguien podía tener la mente tan perversa? Pensó la convicta a la vez que abría una trampilla del suelo y bajaba las escaleras de cinco en cinco hasta aterrizar en la planta baja con su culo y su cabeza. Alertado por el ruido de la caída el inspector adivinó el paradero de su presa y bajó al sótano también pero la leedora ya se había metido entre las hojas de un libro de Ángel Ramón Larrosa, primer poeta en ser excomulgado por la Iglesia Católica.Tal vez hoy no le tocaba morir, sino de gusto, pensó al verse en una playa nudista, sin trapos ni moralinas. Un lugar donde no llegaría nunca la ley porque es la naturaleza quién rige. Entre sus páginas se quedaría para siempre sintiéndose en una cárcel y en el paraíso a la vez y pensando que nunca robaría más lectura porque ahora pertenecía a un hermoso cuento… Como personaje pero integrada en el universo de las letras: su universo. Ángel Ramón Larrosa, buen lugar para ser diminuta e inmortal, sin necesidad de asomar la cabeza en el mundo real ni tan siquiera para comprobar si esta mañana había salido el sol.
Quin valiente.
Leído en la final DoReMicros 2017
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