y un compañero de habitación que, tras mi marcha, perdería
el máximo exponente de la discusión política sin sentido.
-
Que nos volvamos a ver, pero no en un hospital- me
deseó con todo su buen humor.
Volteé
los ojos para cerciorarme de que no me olvidaba ninguna pertenencia y me dejé
tomar del brazo por mi mujer hasta la puerta de un ascensor que no venía nunca.
Una vez dentro el descenso era de una lentitud extrema, con
escalas en casi todas las plantas hasta llegar a la primera, donde me esperaba
Clara, mi pequeña de ¡treinta años ya!
-
Te he robado las llaves del taxi- me dijo tomándome la
bolsa de mano.
-
¿Ya te han dado el carné de conducir?
-
Esta mañana... Así que vas a ser mi primer cliente.
Y sin nada para rezar celebré en
mi interior la fuerza de voluntad de esta mujer
que a su treintena había sido capaz de continuar con los
estudios.
El sol que me esperaba en la calle era el mismo que
me había despedido al entrar al hospital y ver los primeros bostezos de mi hijo mayor Jhonatan
. Hubiera deseado ser testigo privilegiado de su nacimiento
pero mi tardanza quedó excusada en la torpeza por no saber encontrar la calle a
la que mi cliente quería ir. Es lo que tiene la combinación de novato,
Barcelona y noche... Una pérdida de tiempo .
. Hubiera deseado ser testigo privilegiado de su nacimiento
pero mi tardanza quedó excusada en la torpeza por no saber encontrar la calle a
la que mi cliente quería ir. Es lo que tiene la combinación de novato,
Barcelona y noche... Una pérdida de tiempo .
Aparqué la moto a la falda del barrio donde vivían los
padres de Clara, y subí caminando por esas estrechas calles sin asfaltar, de
casitas hechas con la voluntad de primos y amigos, los domingos de descanso
para el recién llegado de Extremadura.
A la entrada de una entrada que todavía no estaba hecha me
presenté a don Matías.
- Buenas
tardes nos de Dios. Soy el hijo del Benigno y me ha dicho que me presente a
usted y le pregunté, con educación y humildad, que en qué les puedo ayudar
y...-.
Y antes
de acabar mi preolata aquel hombretón de casi doscientas arrobas, como mínimo,
me dió un cubo de agua y me obligó a seguirle entre bigas y rieles(1).
-
¿Cúantos años tienes, hijo?
-
Catorce, señor.
- ¿Has
construido antes una casa?
- No
señor.
- ¿Sabes
qué es un ladrillo?
- No,
señor.
-
Entonces- me dijo arrebatándome el cubo-, ve fuera y ayuda a mi Clarita a hacer
el estofado.
Clarita era de mi misma edad, con la cara salpìcada de
viruelas, fea como un demonio que no parase de sonreir. A ella me presenté pero
de una manera más breve.
-
Que dice tu padre...-. Esta tampoco dejaba hablar.
-
Yo soy Clara...
Se abalanzó hacia mí y me dió dos
besos en la cara...
Estuvimos hablando y riendo toda
aquella mañana de domingo. Antes de la comida
de los trabajadores, durante y después de ella... Y nos
permitieron dar un paseo por aquel barrio donde cada ladrillo por cimentar albergaría la ilusión de superación de un
emigrante...(2).De vuelta a casa, con una sonrisa que no me la pude desdibujar
ni con agua y jabón, llegué a la
conclusión de que... Las niñas olían muy bien. ¿Es que no sudaban?
Pero no me esperaba el mejor de los ambientes. Mi tío Jonás
había fallecido, para casi siempre. A mis cinco años no entendía aquel ir y
venir de vecinos,
de caras nuevas, ni la noticia tampoco. ¿Eso quería decir que
ya no vería más a mi tito Joni? Me hacía rabiar pero también jugábamos por la
calle a adivinar las marcas de los coches: Citröen Visa, Seat 128, Renault
Alpine, y mi favorito: el escarabajo....
En el comedor todo eran lágrimas y silencios, y en la
cocina... unas pastitas acompañadas de licor dulce. A ella me envió mi madre,
más para que la dejara de atosigar con preguntas que para que comiera algo.
La cocina era fría y estrecha, con un solo fregadero para la loza
A la encimera me subían para bañarme sobre un barreño de
cinc, que lo mismo servía para freir migas que para asear niños. Cuenta mi
madre que que mi llanto se podía escuchar en toda la comarca pero que también
lloraba como un descosido a la hora de sacarme de ese acuario de agua tibia.
Mi madre, Mariluz, Luci, fue mi primer recuerdo, mi primer
aroma exquisito y mi primer tono al oído. Es cierto que no pude verla al primer
minuto de vida, pero la intuí entre sombras diáfanas como aquel ser que me
había mantenido vivo en mi lago de oscuridad y silencio. Oscuridad y silencio.
Y paz. Y la nada de la que venía... Y a la que me iba a incorporar en este que
sabía que era el último hálito de vida.
Quin
Valiente.
(1). Bigues i Riells, pueblo de la comarca del Vallès en
Barcelona.
(2) Gracias,
Teodoro, por haberme enseñado a levantar un mundo con ladrillos y cemento.